Adriana Bazurto es hermafrodita, tiene vagina y pene y anhela quitarse el miembro que jamás ha usado



Cuando tenía 11 años, Adriana Bazurto se vistió por primera vez de minifalda y tacones. Esa noche de 2008 no tenía otra cosa en mente que averiguar lo que estaba pasando con su cuerpo. Pensó que la respuesta a tanto tiempo de dudas la encontraría en una esquina del sector La ‘Y’, al norte de Quito…

Allí, un puñado de mujeres trans ofrecía ‘caricias de alquiler’ en las ventanas de los autos que circulaban por el lugar.

Adriana había escuchado de ellas y curiosa –como siempre– decidió ir a buscarlas. “Quería preguntarles qué pasaba conmigo, pero me echaron con cuchillos. Estaban desnudas”, rememora hoy casi una década después de esa nunca olvidada anécdota.

Todo lo que en ese momento era sombrío, ahora se ha llenado de luz. Tiene ya las respuestas. Adriana es hermafrodita, es decir, tiene órganos de ambos sexos y se considera una chica intersexual.

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Ahora a sus 22 años está comprometida con su novio y es activista de la comunidad Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (LGBTI) y es virreina trans.

El manejo de su condición es hoy distinto al de hace dos décadas. Actualmente, la Asamblea Nacional plantea reformas al Código de la Salud sobre los protocolos a seguir en casos de nacimiento un bebé intersexual como es el caso de Adriana.

Adriana Bazurto es hermafrodita, tiene vagina y pene y anhela quitarse el miembro que jamás ha usado

¿Qué propone? Que a ningún bebé se le puede realizar una cirugía de reasignación sexual. Se debe esperar hasta que sea capaz de decidir el género con el que se siente identificada.

Su historia

Adriana debió trabajar duro para alcanzar la paz. En sus días hubo escalones tan empinados que en ocasiones sintió que no podía continuar. Su historia comenzó en el recinto Tropezón, del Carmen, Manabí.

La joven dice que sus padres lo supieron desde que estaba en el vientre de la mamá. Su segunda hija venía con ovarios, útero y pene. No sabían cómo manejarlo, así que cuando nació la vistieron con colores neutros, le dejaron una linda melena rubia y creció tranquila correteando por la hacienda familiar.

“Por el machismo que siempre ha habido, mi papá quería un varón. Me nombró Édison Wladimir”, narra la chica. Sin embargo, la mamá siempre la trató como la muñequita que parecía y la llamó Adriana.

Mientras los niños del recinto iban por ahí pateando un balón o trepando a los árboles, la muchacha pasó su infancia a orillas del río, acompañando a otras mujeres que lavaban la ropa o se daban largos baños.

“Ahí me di cuenta que no encajaba con ninguno de los dos estereotipos (hombre – mujer). Esquivaban mis preguntas, pero con el tiempo fui atando cabos”, describe.

El descubrimiento

Luego, con la pubertad, llegaron los primeros cambios. Su busto empezó a crecer, los rasgos de su rostro eran cada vez más femeninos, pero sobre todo le gustaban los chicos.

“Tenía más curiosidad, así que empecé a buscar por Internet. En ese tiempo siempre había la burla o la mofa por el compañero gay, pero sus características no coincidían con las mías. Así que no sabía lo que era”, cuenta.

En la computadora descubrió el término intersexual, una categoría con la que –de alguna manera– empezó a sentirse identificada. Adriana iba a empezar el colegio cuando llegó a la capital y su cuerpo empezó a descompensarse hormonalmente. “Sangraba por la boca, por la nariz”, precisa. En una ocasión, sufrió un desmayo y cayó al piso.

Pese a que los profesores de la chica preguntaron a la madre si pasaba algo con la estudiante, ella lo negó.

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Necesitaba saber la verdad, así que una noche, a sus 11 años, acudió al redondel de La ‘Y’ en Quito. “Una patrulla me salvó la vida. Entre lágrimas le conté al policía lo que me ocurrió y me dijo ese no era lugar para una niña como tú”, explica.

Después de unos años, Adriana hizo las paces con su progenitora. “Se abrió conmigo y me pidió perdón. Me dijo que tenía miedo de que alguien me hiciera daño. Antes había mucha represión, mataban a las chicas como yo, las violaban”, añade.

Hoy, la vida de la joven transcurre entre el restaurante de su madre, el colegio nocturno en el que se graduará de secundaria y el pequeño departamento que comparte con su novio.

Hace apenas unas semanas que empezaron a vivir juntos y –según ella– se han acoplado bastante bien. Él la mima todo el tiempo, incluso le regaló una cachorrita que se ha convertido en la bebé de la casa.

Se quedó Embarazada

Al menos, por el momento. Pese a su condición, ella no descarta la posibilidad de convertirse en madre. Y, técnicamente, puede hacerlo. Prueba de ello cuando Adriana tenía 17 años –y con autorización de sus padres– acudió a una clínica de fertilidad en Bogotá, Colombia.

Allí le implantaron un óvulo fecundado para que gestara un niño. Hasta las casi 16 semanas el embarazo transcurrió sin novedad. Pero, tal como constaba en el acuerdo, se debió interrumpir el proceso porque el cuerpo de la chica aún no estaba completamente desarrollado para convertirse en madre. “Podía morir”, dice.

Debido a su situación, Adriana presentó una especie de retraso en la formación de su aparato reproductor femenino y es recién ahora que está completamente listo para traer un bebé al mundo.

Ella lo anhela tanto que espera pronto juntar el dinero para la cirugía con la que le dirá adiós a su atrofiado pene. “Es un pedazo de carne colgada. Nunca he tenido una erección”, confiesa.

Adriana tiene lo que se conoce como vagina cloacal (síndrome de cloaca). Esto sucede cuando dentro del ano existe una bifurcación en forma de Y. Es decir, dos caminos, el uno que va hacia el aparato digestivo y el otro a la vagina. “Lo noté al tener relaciones íntimas porque dilataba”, añade.

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Por eso la joven ha averiguado sobre la intervención quirúrgica y asegura que Chile es su opción. Primero porque van años haciéndola y segundo porque su valor es más económico que en otros sitios. “Podría costar unos cinco mil dólares”, acota ella desde su habitación.

Allí, además de las cintas y coronas de reina, tiene unas alas con las que modelaba sobre las pasarelas de algunos eventos de moda. También cuenta con varios productos femeninos, como toallas sanitarias. “Me enfermo, pero por el pene”, explica.

Esa, según ella, es una de las razones por las cuales la gestación es posible. Después de esa especie de experimento que le hicieron en el centro de fertilidad, Adriana sufrió un embarazo psicológico, pero con los años logró estabilizarse.

Entre sus cosas, la chica mantiene los controles de embarazo, los ecos, incluso un vídeo en el que ostenta su pancita. En el corto se ven los movimientos del bebé en su vientre. “Imaginaba cómo serían sus ojos, tal vez como los míos. Cuando tenga un hijo quiero que se llame Ethan”, dice.

Pero antes de cumplir ese sueño, Adriana debe solucionar el problema hormonal que la aqueja. En su cuerpo existe un 80 % de hormonas femeninas y ese 20 % que le falta podría compensarse con un chip.

El amor

Antes de dejar los estudios, Adriana estaba en un conocido colegio técnico del norte de la ciudad. Allí era una de las mejores estudiantes y capitana de las bastoneras, pero por temas personales debió retirarse. Años después, cuando se inscribió en un colegio a distancia para terminar la secundaria, se reencontró con un compañero. “Él me dijo que se rumoraba mucho sobre mi condición, pero que no le importaba… Siempre quiso acercarse, pero tenía miedo de que no le pare bola”, bromea.

Hoy están comprometidos y en pocas semanas se unirán en matrimonio. Ella acude a una iglesia y habló con su pastor para que los pueda casar. “Le presenté los documentos médicos que avalan que soy una mujer”, concluye.

Futuro

Su sueño es convertirse en policía. Dice que su condición le da una especie de súper fuerza. Aguanta dos minutos y 15 segundos bajo el agua.

MALFORMACIÓN

“Es una mujer con un clítoris grande”

Pedro Salazar, cirujano plástico

Adriana Bazurto es hermafrodita, tiene vagina y pene y anhela quitarse el miembro que jamás ha usado

El cirujano plástico Pedro Salazar precisa que en el país no se realiza la cirugía que requiere la chica.

Y aunque para él es difícil referirse al caso sin conocer a la paciente, todo apunta a que ella “es una mujer con un clítoris grande”, sobre todo porque fue capaz de gestar una criatura.

Para el especialista esto no es genético, es una malformación adquirida en el embarazo cuando las células se dividen. “Pudo haber ocurrido entre la 16 y 23 semanas”, destaca.

Respecto a la intervención quirúrgica, Salazar explica que se debe realizar con una orden judicial y presume que en el caso de Adriana sería algo mucho más sencillo que una operación de reasignación sexual.

“Lo que se debe hacer es una invaginación de su escroto… para crear labios mayores conectados a un túnel vaginal”, detalla.

Esto no afectaría a sus órganos internos como cuello uterino o uretra que seguirían con la misma funcionalidad.

INTERSEXUALIDAD

“Hace dos años se creó manual para el manejo”



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